Ayer por la tarde vino Ki a saludar a Thor y a mis padres, y por supuesto a recogerme a mí para dar una vuelta y acercarnos después a casa de Alf (se ha comprado el StarMunchkin y estamos un poquito viciados). A la que salíamos de casa, vi que faltaban todos los felpudos del rellano.

Qué cosa tan rara, pensé. Y lo dije en voz alta, por lo que obviamente mi padre se asomó y lo primero que dijo fue anda, ¿y los felpudos?

Como más que un vecindario esto parece un corral de cotillas, automáticamente empezó a salir gente a nuestro rellano. Tardaron cosa de pocos segundos, por eso me dio la sensación de tener vecinos literalmente pegados a la mirilla. A veces pienso que en los rellanos hay instalados sensores de movimiento que alertan a determinados vecinos de la presencia de gente, para que puedan cotillear a gusto. La vecina de enfrente, por ejemplo, estoy segura de que lo tiene.

El caso es que me bajé al tercer piso... y ya en el descansillo de la escalera vi tirados como unos ocho o nueve felpudos. Y en el tercero estaba el ascensor abierto. Alguien había apilado del orden de 20 felpudos y los había dejado tirados, con la puerta entreabierta.

Pensé en hacer una foto al ascensor, pero justo en ese momento salió una vecina ya mayor (si por algo digo lo del sensor de movimiento... porque yo no había hecho ningún ruido) y ya salía la mujer diciendo ¿y mi felpudo? Y mirándome con cara acusadora. Como si yo no tuviera nada mejor que hacer que ir por los descansillos robando felpudos.

Sólo por maldad y por responder con malignidad a esa mirada acusadora, estuve a punto de decirle que esperaba que su felpudo estuviera a salvo dentro de la faja. Pero me mordí la lengua. No es plan de enemistar a mis papis de rebote con la mitad del vecindario.

Cuando nos íbamos, subió la vecina del bajo diciendo que había visto salir a varios chavales de unos 16 años, partidos de la risa, y todos con los móviles en la mano. Probablemente se trate de alguna gamberrada frustrada estilo roba todos los felpudos y huye con ellos que no pudieron completar, posiblemente porque aparecería de golpe algún vecino. O, en este caso, vecina.

Ki y yo nos partíamos mientras los vecinos se tomaban esto como algo personal. Bueno, menos mi padre, al que se le escapaba una sonrisa por la comisura de los labios.

Me hubiera gustado alcanzar a esos chavales y explicarles que están confundidos, que no son precisamente esos felpudos los que andan buscando. Pero igual no hubieran pillado la indirecta... parece ser que la educación sexual (y la que no es sexual también) de nuestros adolescentes de hoy deja mucho que desear.